miércoles, 29 de septiembre de 2010

Caballos-Parabola del Caballo




Un campesino, que luchaba con muchas dificultades, poseía algunos caballos para que lo ayudasen en los trabajos de su pequeña hacienda.

Un día, su capataz le trajo la noticia de que uno de los caballos había caído en un viejo pozo abandonado. El pozo era muy profundo y seria extremadamente difícil sacar el caballo de allí.

El campesino fue rápidamente hasta el lugar del accidente, y revisó la situación, asegurándose que el animal no se había lastimado. Pero, por la dificultad y el alto precio para sacarlo del fondo del pozo, creyó que no valía la pena invertir en la operación de rescate. Tomó, entonces, la difícil decisión: Determinó que el capataz sacrificase al animal tirando tierra en el pozo hasta enterrarlo, allí mismo. Y así se hizo. Los empleados, comandados por el capataz, comenzaron a lanzar tierra adentro del pozo de forma de cubrir al caballo. Pero, a medida que la tierra caía en el animal, éste la sacudía y se iba acumulando en el fondo, posibilitando al caballo para ir subiendo. Los hombres se dieron cuenta que el caballo no se dejaba enterrar, sino al contrario, estaba subiendo hasta que finalmente, consiguió salir!

Si estas "allá abajo", sintiéndote poco valorado, y los otros lanzan sobre ti la tierra de la incomprensión, la falta de oportunidad y de apoyo, recuerda el caballo de esta historia.

Caballos-Poema-No fallen los caballos del encabalgamiento..





Poema en audio: No fallen los caballos del encabalgamiento... de Eduardo Milán por Eduardo Milán

Caballos-de los Conquistadores


¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Sus pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales...

¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!

¡No! No han sido los guerreros solamente,
de corazas y penachos y tizonas y estandartes,
los que hicieron la conquista
de las selvas y los Andes:

Los caballos andaluces, cuyos nervios
tienen chispas de la raza voladora de los árabes,
estamparon sus gloriosas herraduras
en los secos pedregales,
en los húmedos pantanos,
en los ríos resonantes,
en las nieves silenciosas,
en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles.

¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!

Un caballo fue el primero,
en los tórridos manglares,
cuando el grupo de Balboa caminaba
despertando las dormidas soledades,
que de pronto dio el aviso
del Pacífico Océano, porque ráfagas de aire
al olfato le trajeron
las salinas humedades;

y el caballo de Quesada, que en la cumbre
se detuvo viendo, en lo hondo de los valles,
el fuetazo de un torrente
como el gesto de una cólera salvaje,
saludo con un relincho
la sabana interminable...
y bajó con fácil trote,
los peldaños de los Andes,
cual por unas milenarias escaleras
que crujían bajo el golpe de los cascos musicales...

¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!

Y aquel otro, de ancho tórax,
que la testa pone en alto
cual queriendo ser más grande,
en que Hernán Cortés un día
caballero sobre estribos rutilantes,
desde México hasta Honduras
mide leguas y semanas entre rocas y boscajes,
es más digno de los lauros
que los potros que galopan
con que Píndaro celebra
las olímpicas disputas
entre el vuelo de los carros y la fuga de los aires

Y es más digno todavía
de las odas inmortales
el caballo con que Soto, diestramente,
y tejiendo las cabriolas como él sabe,
causa asombro, pone espanto, roba fuerzas,
y entre el coro de los indios,
sin que nadie haga un gesto de reproche,
llega al trono de Atahualpa y salpica con espumas
las insignias imperiales.

¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!

El caballo del beduino
que se traga soledades.
El caballo milagroso de San Jorge,
que tritura con sus cascos los dragones infernales.
El de César en las Galias.
El de Aníbal en los Alpes.
El Centauro de las clásicas leyendas,
mitad potro, mitad hombre,
que galopa sin cansarse,
y que sueña sin dormirse,
y que flecha los luceros,
y que corre como el aire,
todos tienen menos alma, menos fuerza, menos sangre,
que los épicos caballos andaluces
en las tierras de la Atlántida salvaje,
soportando las fatigas,
las espuelas y las hambres,
bajo el peso de las férreas armaduras,
cual desfile de heroísmos,
coronados entre el fleco de los anchos estandartes
con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante.

En mitad de los fragores del combate,
los caballos con sus pechos arrollaban
a los indios, y seguían adelante.
Y, así, a veces, a los gritos de "¡Santiago!",
entre el humo y e fulgor de los metales,
se veía que pasaba, como un sueño,
el caballo del apóstol a galope por los aires

¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!

Se diría una epopeya
de caballos singulares
que a manera de hipogrifos desolados
o cual río que se cuelga de los Andes,
llegan todos sudorosos, empolvados, jadeantes,
de unas tierras nunca vistas,
a otras tierras conquistables.
Y de súbito, espantados por un cuerno
que se hincha con soplido de huracanes,
dan nerviosos un soplido tan profundo,
que parece que quisiera perpetuarse.
Y en las pampas y confines
ven las tristes lejanías
y remontan las edades
y se sienten atraídos
por los nuevos horizontes:
Se aglomeran, piafan, soplan, y se pierden al escape.

Detrás de ellos, una nube,
que es la nube de la gloria,
se levanta por los aires.

¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!


Poema-Jose Santos Chocano.



Poema en audio: Los caballos de los conquistadores de José Santos Chocano por Adolfo Marsillach

Poema- Caballos andaluces, caballos salvajes



Caballos andaluces
que bailan con la musica
que flotan en el aire
que insultan de hermosura,
Caballos campeones
de sangre hirviente
de brillo en el pelaje
de estampa perfecta.
Pero yo vi un dia
caballos salvajes,
feos en el monte,
libres en el viento
sin tener,
que dejarse cepillar
Sin brillar,
su piel al sol,
sin dormir
en establo de cinco estrellas.

Pero sus cuerpos
no tenian marcas
sus montes
no tenian linderos,
y mas que nada y sobretodo
sus almas,
no tenian dueños.
Estos eran llamados bestias,
aquellos pura sangre,
que firmaron un contrato
sobre cuando procrear
como vivir
como controlar
su brio,
sus andares,
su esencia.
Yo no pido un caballo
de muchos octanos,
yo prefiero
una bestia
que decide sobre que hierba
se recuesta cada noche,
a quien amar
que viento cortar
que paisaje contemplar.
Mejor fealdad
que prision de belleza,
que ser conducido por las riendas
de quien te dice
que te quiere amar.
Mejor,
sucumbir con la verdad,
que subsistir por la tristeza,
Y mejor
no ser nunca cabalgado
para encontrar,
una existencia sin limites
una experiencia unica
y una verdad,
sin letra pequeña.


Caballos-Poema-Entre los sueltos caballos


Entre los sueltos caballos
De los vencidos Cenetes,
Que por el campo buscaban
Entre la sangre lo verde,

Aquel español de Orán
Un suelto caballo prende,
Por sus relinchos lozano,
Y por sus cernejas fuerte,

Para que le lleve a él,
Y a un moro cautivo lleve,
Un moro que ha cautivado,
Capitán de cien jinetes.

En el ligero caballo
Suben ambos, y él parece,
De cuatro espuelas herido,
Que cuatro alas le mueven.

Triste camina el alarbe,
Y lo más bajo que puede
Ardientes suspiros lanza
Y amargas lágrimas vierte.

Admirado el español
De ver cada vez que vuelve
Que tan tiernamente llore
Quien tan duramente hiere,

Con razones le pregunta,
Comedidas y corteses,
De sus suspiros la causa,
Si la causa lo consiente.

El cautivo, como tal,
Sin excusas le obedece,
Y a su piadosa demanda
Satisface deste suerte:

«Valiente eres, capitán,
Y cortés como valiente:
Por tu espada y por tu trato
Me has cautivado dos veces.

Preguntado me has la causa
De mis suspiros ardientes,
Y débote la respuesta
Por quien soy y por quien eres.

En los Gelves nací, el año
Que os perdistes en los Gelves,
De una berberisca noble
Y de un turco matasiete.

En Tremecén me crié
Con mi madre y mis parientes
Después que perdí a mi padre,
Corsario de tres bajeles.

Junto a mi casa vivía,
Porque más cerca muriese,
Una dama del linaje
De los nobles Melioneses,

Extremo de las hermosas,
Cuando no de las crueles,
Hija al fin de estas arenas,
Engendradoras de sierpes.

Cada vez que la miraba
Salía un sol por su frente,
De tantos rayos ceñido
Cuantos cabellos contiene.

Juntos así nos criamos,
Y Amor en nuestras niñeces
Hirió nuestros corazones
Con arpones diferentes.

Labró el oro en mis entrañas
Dulces lazos, tiernas redes,
Mientras el plomo en las suyas
Libertades y desdenes.

Apenas vide trocada
La dureza de esta sierpe,
Cuando tú me cautivaste:
¡Mira si es bien que lamente!»

«Esta es la causa, español,
Que a llanto pudo moverme;
Mira si es razón que llore
Tantos males juntamente.»

Conmovido el capitán
De las lágrimas que vierte,
Parando el veloz caballo,
Pare sus males promete.

«Gallardo moro, le dice,
Si adoras como refieres,
Y si como dices amas,
Dichosamente padeces.

¿Quién pudiera imaginar,
Viendo tus golpes crueles,
Cupiera un alma tan tierna
En pecho tan duro y fuerte?

Si eres del Amor cautivo,
Desde aquí puedes volverte,
Que me pedirán por voto
Lo que entendí que era suerte.

Y no quiero por rescate
Que tu dama me presente
Ni las alfombras más finas
Ni las granas más alegres.

Anda con Dios, sufre y ama,
Y vivirás, si lo hicieres,
Con tal que cuando la veas
Hayas de volver a verme.»

Apeóse del caballo,
Y el moro tras él desciende,
Y por el suelo postrado
La boca a sus pies ofrece.

«Vivas mil años, le dice,
Noble capitán valiente,
Pues ganas más con librarme
Que ganaste con prenderme.

Alah se quede contigo,
Y te dé victoria siempre
Para que extiendas tu fama
Con hechos tan excelentes».

Poema por....Luis de Gongora


Caballo-que galopa en el Cielo



Qué hace un caballo blanco, galopando

en el cielo

un día sin aire electrizado, sin embudos

de tornados y sin magos.

Qué hace en un potrero sin empalizada

como si fuera libre y feliz en el aire

haciendo flamear la cola como una banderola.

De dónde viene su galope, a donde

se dirige

qué quiere.

Y no es el caballo del Apocalipsis, se parece

mas bien al de un cuadro

del Siglo XIII

que galopa en una misa encima de unos feligreses.

Qué extraño un caballo blanco, galopando

en el cielo, sacudiendo

las crines y espantando a las nubes

como en una pradera inmensa

sin árboles ni vados ni hondonadas glaucas

con solo el viento en las patas

que brillan cuando brinca.


Poema por...Franklin Sandi



Caballos-Oracion de los Caballos Viejos


Por los callejones y las alquerías
que el sol ilumina con leves reflejos,
recordando siempre sus mejores días
pasan renqueando los caballos viejos,
llenos de amarguras y melancolías...

Por entre las cercas de palo y alambre
meten las cabezas, medio adormecidos,
les siguen de moscas zumbando un enjambre
y ellos pobrecitos- transidos de hambre,
se quedan mirando los prados floridos...

Los prados floridos en donde nacieron
libres como el viento y como él veloces;
esos mismos prados en donde corrieron
lanzando felices relinchos y coces.

¡Ya sus ilusiones todas se murieron!
Uno rememora cuando altivo y fiero
llevaba en sus lomos la alfombra escarlata
de algún valeroso e hidalgo guerrero
de casco dorado y espuelas de plata.
El otro recuerda que sobre sus ancas
llevó dulcemente, con gran donosura,
mujeres divinas, esbeltas y blancas,
de formas talladas como una escultura.

El otro medita: yo fui en las carreras
el rey de los vientos, de sedosas crines,
y vi desplegarse las rojas banderas
y oí los saludos de roncos clarines...
Los viejos caballos meditan ahora
Al pie de las cercas, cerrados los ojos.
Una flauta rústica a lo lejos llora:
¡La vida está llena de espinas y abrojos!

hermano caballo: mejor es tu suerte
que la de los hombres a quienes la vida
clavó con su zarpa despiadada y fuerte...
y van por el mundo cubriendo la herida
en pos de la dicha que obsequia la muerte...

Hermano caballo: igual es tu sino
al de los mortales;
a ti, cuando inútil, te arroja el destino
a morir de hambre a un negro camino
¡y a aquellos arrojan a los hospitales!

Serviste, ¿Y ahora qué pides?, ¿qué quieres?
Así son los hombres no solo contigo
que tan noble y dulce, que tan bueno eres;
en esta tragedia de todos los seres
es solo el sepulcro el único amigo.

Hermano caballo: como tú los parias
de la vida pasan horas de quebranto;
para sus oídos no fueron las arias
de los vencedores... Almas solitarias,
¡flores que se abrieron regadas de llanto!

Empleados oscuros de las oficinas,
músico ambulante, pobres artesanos,
artistas... poetas... que parecen ruinas,
del caballo viejo somos los hermanos...
¡como a él no nos quedan sino las espinas!...

Cuando las arrugas surcan ya la frente,
Y el alma tenemos llena de consejos,
La vida que todo lo ve brutalmente,
¡como mueren siempre los caballos viejos!
Poema por Ricardo Nieto.